
Esta cuestión circula por todo el planeta e interpela a economistas y universitarios.
Desde Schumpeter, éramos conscientes de que la innovación llevada a cabo por los empresarios constituía el principal vector de crecimiento. Un estudio reciente sobre este tema, realizado por la Fundación Kauffman acerca de las empresas creadas por los antiguos del Massachussets Institute of Technology (MIT) desde hace 60 años, lo confirma con un resultado en el que no cabe duda alguna: las 25.800 empresas creadas por estos últimos, han permitido crear más de 3 millones de empleos que generan anualmente 2 000 millones de dólares en volumen de negocios. El gabinete Mac Kinsey evalúa en cuanto a él, en 319 millones el número de empresarios, o sea el 12% de la población activa de los 20 países más importantes del mundo (G20). En Estados Unidos, entre 1980 y 2005, se comprueba, y eso es impresionante, que la creación neta de empleos en este periodo es el hecho de las nuevas empresas creadas (menos de 5 años de edad).
En estas condiciones se comprende mejor que nos interesemos por los empresarios y en la manera de llegar a serlo. Ahora bien, Chan Kim Yin, profesor de la universidad de tecnología de Singapur, donde tuvo lugar el pasado mes de noviembre el “World Entrepreneurship Forum”, demuestra que los estudios superiores están muy poco relacionados con el mundo de la empresa. Ha analizado el recorrido de formación en su universidad de 10 000 estudiantes, apoyándose en los tres tipos de perfiles definidos por Elisabeth Moss Kanter, profesora en Harvard: los profesionales de una especialidad, los líderes que quieren hacer carrera y por fin, los empresarios. Sobre esos 10 000 estudiantes, el 71% quiere ser profesional, el 21% se imagina líder en una organización que no ha creado y solamente el 8% desea tratar de lanzar una actividad. A través de observaciones recogidas en Les Echos del 9 de noviembre último, concluye así: “ en el siglo pasado, la educación consistía en formar especialistas eficaces, pero en el futuro, los empleos serán cada vez menos permanentes y las relaciones con las organizaciones más transitorias y fluidas”. Esto significa que a las competencias empresariales que son la capacidad de ser autónomo, el desarrollar innovando y el saber arriesgarse, deben añadirse las de especialista y líder.
Esto es lo que explica el desarrollo desde el principio de los años 2 000 en Francia, de los programas dedicados al empresariado. La OPPE (Observatoire des Pratiques Pédagogiques en Entrepreneuriat) censa 450 de los cuales 9 de cada 10, no existían en el 2001. Además de una formación general orientada hacia la innovación, se han instalado redes de acompañantes que ayudan a los estudiantes en el proceso de incubación, creación y seguimiento. También, se desarrollan cada vez más cursos mixtos a través de colaboraciones con escuelas de comercio y escuelas de ingenieros dónde se descubre así la riqueza de la polivalencia.
La competencia empresarial no está en buscar profundizar en una disciplina sino más bien en una búsqueda permanente de apertura, escucha, anticipación, construcción de un proyecto, toma de riesgo y modestia.
Es un bonito ejemplo de intención de construir un modelo de aprendizaje o de saber operativo sobre una competencia que será la piedra angular de nuestro crecimiento económico.